La gran mayoría no dimensionamos que  los problemas de los mexicanos pueden ser culpa de nosotros mismos, porque nos vemos como adversarios unos de otros.

Contrario a lo que en la mayoría de habitantes otros países en el mundo, el ataque de un extranjero provoca la unión del pueblo por más dividido que esté. Aquí en México nos divide más.

Porfirio Díaz señalaba “la razón por la que le va mejor a Estados Unidos es que una vez que alguien gana la presidencia, el pueblo y los políticos se le unen para trabajar por la nación. En cambio en México, en cuanto alguien toma el poder, todos, enemigos y antiguos amigos, se ponen en su contra”. Eso fue hace más de cien años y pudo haberlo dicho ayer.

Cuando México firmó su acta de Independencia, el 27 de septiembre de 1821, nuestro primer día como nación libre, comenzaron los golpes. Unos querían un imperio, otros, monarquía.  De ellos, cada quien con un rey distinto. Otros más se decantaban por la república, pero unos la querían federal y otro centralista. Eso nos hizo pelearnos todo el siglo XIX.

Cuando por fin los más importantes paladines de la independencia se pusieron de acuerdo, formaron un congreso que nombró emperador a Iturbide como Agustín I; al día siguiente, aquellos que pelearon a su lado ya peleaban en su contra.

Nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, encontró a su peor enemigo en su vicepresidente, Vicente Guerrero, quien al llegar a la presidencia encontró a su peor enemigo en su vicepresidente, Anastasio Bustamante. Otros grandes antagonistas fueron Benito Juárez y Valentín Gómez Farías, siempre que fueron fórmula de gobierno.

Desde el gobierno de Vicente Guerrero hasta nuestros días la principal acción política es denostar o querer quitar del poder a quien representa el poder Ejecutivo; es decir, el proyecto es eliminar a toda costa y bajo cualquier argumento a quien va al frente, tal vez es el deporte favorito que se practica en cualquier ámbito  y no solo en la esfera del poder político.

Centrándonos en el ámbito político, el proyecto del Andrés Manuel López Obrador es denostar y desacreditar todo aquello que no favorezca sus propios intereses,  en torno a esto último debemos reflexionar sobre aquellas palabras citadas de Porfirio Díaz: “ya es hora de que dejemos de unirnos para atacar al presidente, ya es hora de que el proyecto de nación deje de ser quitar al que tiene el poder”.

El señor López obrador ha señalado en repetidas ocasiones que su partido es la “esperanza de México” y representa el “cambio verdadero”. Sin embargo, en fechas recientes, su defensa de las muy evidentes corruptelas del PT, y del líder minero asilado en Canadá, demuestra que no es el cambio el que promueve, sino llegar al poder a costa de lo que sea.

Esta descomposición política aunada al sistema de justicia desarticulado y sin la mayoría de sus cabezas porque los partidos han trabajado conscientemente para que así sea. No abonan al fortalecimiento de las instituciones por encima de sus ambiciones de poder.

Indudablemente los acuerdos que permitieron avanzar en el cambio estructural fueron violados o desconocidos después de los comicios del 2015, demasiado tiempo antes de la elección que se avecina en el 2018.

Este breve comentario nos muestra, que en nuestro país uno de los prioritarios retos es luchar por el reencuentro de su sociedad con su gobierno (federal, estatal y municipal) para volver a construir espacios de confianza y retomar el compromiso social para la unidad nacional y promover el desarrollo en cada unidad territorial.

Sin embargo, la ingobernabilidad no necesariamente es resultante directa de la incompetencia del Estado, sino de los efectos desestabilizadores que se traducen en desencanto político, así como de la cadena de frustraciones que la ciudadanía termina por acumular.

Es por ello que dada la actual situación, el deporte que permita el avance social sea mediante la unidad, el diálogo y el compromiso de la sociedad con su gobierno.

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